
Por David Moñino

Contextualizar el tratamiento imaginario de una ciudad no es moco de pavo, más aún cuando hay que hacerlo en poco espacio, y todavía más cuando en ese poco espacio no hay que tratar una, sino muchas ciudades imaginarias. Italo Calvino ha conseguido, aunque no en cada una de ellas –al menos en mi caso–, que el lector pasee por las calles de estas ciudades, imaginando cómo son, en términos generales, apoyándose en los detalles concretos que aporta el autor.
A esto hay que añadir que se le ha tratado de incorporar un argumento, sin demasiado éxito, en el que Marco Polo es quien le cuenta a Kublai Jan cómo son dichas ciudades. Al comienzo de la obra, este argumento se sostiene, sin embargo pierde cuerpo cuando introduce detalles futuristas, que trata de parchear, en última instancia, con un esbozo de justificación final.
El escrito es aburrido, pesado, incoherente y desordenado. Es posible que para alguien versado en la obra de Italo Calvino, Las ciudades invisibles pueda constituir una máxima; sin embargo no es un libro para leer en el tiempo ocioso del verano, tumbado en una hamaca, en la playa, a la sombra de una palmera. Es un libro de estudio literario, que además no está para nada relacionado con el carácter del autor, en cuyo prólogo ya dice que está escrita a partir de un material que, deduzco, estuvo a punto de desechar, escrito en esbozos a partir de sus propios viajes.
Si bien es cierto que está escrita en un tono distendido, se emplean muchas palabras difíciles de comprender, aún en el contexto. En un principio pensé que se trataba de la nacionalidad cubana del autor, pero luego reconocí, entre líneas, las claras tendencias neorrealistas, y el toque de su periodo combinatorio. Al fin y al cabo, la obra se escribió en los tempranos 1970 (1972 para ser exactos).
Lamentablemente, tengo que decir que, aunque en general me fascina la obra de Italo Calvino –y sin ánimo de condicionar a su no-lectura–, con este libro he sentido una profunda decepción.
Valoración (de 0 a 10): 8
Esta reseña se basa en la edición de Minotauro, 1993.